Ayer vi El diablo viste a la moda 2 y, más allá del entretenimiento, una escena me pareció especialmente útil para reflexionar sobre un tema central del gobierno corporativo: la sucesión empresarial.
La película no solo retoma el universo de Runway, Miranda Priestly y Andy Sachs. También introduce un giro narrativo que, visto desde el gobierno corporativo, merece atención: la muerte de Irv Ravitz, presidente de Elias-Clarke, y la irrupción de su hijo Jay Ravitz en la estructura de poder del grupo editorial. El director David Frankel ha explicado que esa muerte funciona como un punto de inflexión que “hace girar” la historia hacia una disputa por el futuro del negocio.
Más allá del drama cinematográfico, la escena permite formular una pregunta de enorme relevancia para empresas familiares, grupos empresariales y juntas directivas:
Por Dr. Reynaldo Murillo Valverde
Abogado, consultor internacional y especialista en gobierno corporativo, cumplimiento y fortalecimiento institucional.
Nota: este artículo contiene referencias puntuales a la trama de El diablo viste a la moda 2.
La película no presenta un expediente corporativo ni detalla si Elias-Clarke contaba o no con un plan formal de sucesión. Por ello, no puede afirmarse categóricamente que ese plan no existía dentro de la ficción. Sin embargo, sí se observa una transición abrupta, altamente concentrada en el vínculo familiar y con consecuencias inmediatas sobre la estrategia de la empresa, lo que la convierte en un caso ilustrativo muy útil para reflexionar sobre los riesgos de confundir herencia con sucesión.
En el lenguaje cotidiano, se suele decir que alguien “sucede” a su padre en una empresa cuando hereda su posición o asume influencia tras su retiro o fallecimiento. Desde el punto de vista técnico, esa afirmación es incompleta.
La sucesión empresarial no consiste únicamente en transferir poder. Consiste en asegurar continuidad.
Los Principios de Gobierno Corporativo G20/OCDE 2023 establecen que el órgano de administración debe ser responsable de la planificación de la sucesión del CEO y, cuando corresponda, de otros ejecutivos clave, con el propósito de garantizar la continuidad del negocio. La OCDE añade que la sucesión no debe entenderse solo como un mecanismo de contingencia, sino también como una herramienta estratégica para el desarrollo del talento y la sostenibilidad institucional.
Esta idea coincide con la tesis sobre planes de sucesión para puestos clave basados en competencias, que define dichos planes como una forma de planificación organizacional orientada a los cargos críticos y a la identificación de personas con capacidad y potencial para asumir posiciones estratégicas en el futuro. Su finalidad es reducir los efectos de la desvinculación de personas clave y asegurar una respuesta institucional oportuna.
En otras palabras:
una sucesión madura no comienza cuando se produce la vacante; comienza mucho antes, cuando la organización identifica qué cargos son críticos, qué competencias exige cada uno y quiénes podrían asumirlos sin comprometer la estabilidad del negocio.
Irv Ravitz no era un actor periférico en Runway. Era el presidente de Elias-Clarke, la estructura corporativa que sostiene el medio y que condiciona el margen de poder de Miranda Priestly. Su muerte altera de inmediato el equilibrio interno y abre una discusión sobre la propiedad, la dirección y el futuro estratégico de la revista.
Desde una lectura de gobierno corporativo, la escena refleja un riesgo clásico: la dependencia excesiva de una figura central. Cuando una empresa descansa de manera desproporcionada sobre la autoridad, experiencia o legitimidad de una sola persona, la salida de esa figura puede producir:
La investigación sobre planificación de sucesión en puestos clave advierte precisamente que perder a una persona estratégica implica perder conocimiento, experiencia y continuidad institucional, y que esa pérdida puede mitigarse mediante programas efectivos de sucesión.
El problema, por tanto, no es que Irv muera. Eso pertenece a la trama.
El problema organizacional es que su desaparición parece activar una recomposición del poder que no luce plenamente ordenada desde estructuras previas de continuidad.
Esa es la clase de fragilidad que el gobierno corporativo busca evitar. Porque las empresas, aunque algunas se comporten como si fueran eternas, no deberían depender del pulso biológico de una sola persona.
La entrada de Jay Ravitz en la historia permite distinguir dos figuras que suelen confundirse, especialmente en empresas familiares:

Esta diferencia es decisiva.
Un hijo puede ser heredero natural del patrimonio empresarial, pero no necesariamente sucesor idóneo del liderazgo corporativo.
Un plan formalizado debe definir, entre otros elementos, roles y responsabilidades, proceso de selección y desarrollo del sucesor, cronograma de transición y mecanismos de resolución de conflictos. Además, plantea que una sucesión bien diseñada favorece la claridad institucional, mejora la comunicación entre generaciones y reduce las tensiones familiares y emocionales.
Por su parte, la tesis sobre planes de sucesión basados en competencias resalta que la sucesión debe apoyarse en la identificación de puestos clave, competencias requeridas, evaluación de candidatos, análisis de brechas y planes de formación individualizados.
La película presenta a Jay como el hijo del líder fallecido y como un actor determinante en la decisión sobre el futuro de Runway. Sin embargo, la narrativa no se centra en mostrar un proceso previo de desarrollo, validación o preparación técnica para ese rol. Desde una perspectiva corporativa, ese vacío narrativo es útil para subrayar una advertencia:
La continuidad del negocio no puede quedar sometida únicamente a la lógica del apellido.
Aunque Elias-Clarke es una gran corporación ficticia y no una PYME familiar tradicional, la trama permite aplicar categorías desarrolladas en la teoría de la empresa familiar: familia, propiedad y gestión.
El caso de Jay permite leer precisamente esa tensión. Su legitimidad inicial no proviene de haber construido una trayectoria dentro de Runway, sino de su posición dentro de la familia propietaria. La pregunta corporativa no es si tiene derecho a intervenir. La pregunta es si esa intervención está alineada con un proceso de gobernanza que proteja a la organización, a sus equipos y a su estrategia.
El Manual IFC de Gobierno de Empresas Familiares advierte que muchas familias empresarias postergan la planificación sucesoria por razones emocionales, políticas o relacionales. También señala que una junta directiva activa puede jugar un papel decisivo al insistir en establecer oportunamente un plan de sucesión si la alta dirección no lo promueve por sí misma.
La enseñanza es que: la empresa no debe descubrir su modelo de continuidad cuando ya está en medio de la crisis.
Con frecuencia, los planes de sucesión se ubican únicamente dentro del campo de recursos humanos. Esa visión es limitada. En realidad, la sucesión es también un asunto de:
La IFC, en su guía de gobierno corporativo para PYMEs, vincula el fortalecimiento de la gobernanza con la reducción de la dependencia de personas clave y con la adopción de marcos formales de sucesión para posiciones estratégicas.
Un proceso ordenado debe evaluar la organización, determinar posiciones clave, identificar competencias críticas, valorar candidatos, crear planes de desarrollo y monitorear la evolución del proceso.
Aplicado a la trama de El diablo viste a la moda 2, ese enfoque permite advertir que la sucesión no es un simple reemplazo de nombres. Es una pregunta sobre la preservación de capacidades institucionales:
Cuando esas preguntas no han sido respondidas de antemano, la organización queda expuesta a improvisar. Y la improvisación puede ser muy fotogénica en una película; en una empresa suele ser bastante más costosa.
Si tomamos la situación de la película como un caso didáctico, un proceso de sucesión robusto habría debido prever, al menos, seis componentes:
La presidencia de Elias-Clarke no era un puesto cualquiera. Su vacancia tenía capacidad de alterar decisiones estratégicas sobre activos esenciales del grupo, incluido Runway.
No bastaba con reconocer la condición familiar de Jay. Era necesario determinar las competencias exigibles para dirigir una empresa editorial en transformación, sometida a presiones económicas, tecnológicas y reputacionales.
Un plan profesional de sucesión no debe asumir automáticamente que el sucesor será un familiar. Debe evaluar perfiles bajo parámetros objetivos, especialmente cuando está en juego la continuidad de la organización. La IFC recomienda que el proceso se oriente a elegir a la persona más competente, sea o no integrante de la familia.
Si el sucesor previsto necesita fortalecer capacidades, el proceso debe incluir formación, acompañamiento, exposición gradual al negocio y mecanismos de seguimiento. La tesis basada en competencias insiste en que las brechas entre el perfil del puesto y el perfil del candidato deben traducirse en planes concretos de desarrollo.
La junta directiva no puede ser una espectadora del relevo. La OCDE le asigna responsabilidad expresa en la planificación de la sucesión del liderazgo ejecutivo.
Todo proceso de sucesión afecta a accionistas, ejecutivos, colaboradores, aliados y mercado. La investigación sobre PYMEs familiares subraya la importancia de la comunicación transparente, la evaluación periódica del proceso y los ajustes necesarios durante la transición.
Uno de los aportes más importantes de esta lectura es recordar que la continuidad de la familia en la propiedad no garantiza la continuidad de la empresa en términos estratégicos.
Una organización puede mantenerse bajo control familiar y, aun así, deteriorarse por:
La falta de planificación puede afectar la continuidad, la claridad de responsabilidades, la colaboración entre generaciones y la estabilidad del negocio.
En la película, Jay no representa únicamente a “un hijo que hereda”. Representa una pregunta que muchas organizaciones reales evitan formular:
¿Está la empresa preparada para que el poder cambie de manos sin que su identidad, estrategia y viabilidad queden comprometidas?
Si la respuesta es incierta, el problema no es el sucesor.
El problema es la ausencia de gobierno.
Conclusión: la sucesión no debe comenzar con una ausencia
El diablo viste a la moda 2 ofrece una escena muy útil para analizar los efectos de una transición de poder que se precipita tras la muerte de un líder central. La aparición de Jay Ravitz permite examinar una distinción esencial: heredar influencia no equivale a estar preparado para ejercer liderazgo corporativo.
Desde el gobierno corporativo, la sucesión debe entenderse como un proceso anticipado, formalizado y supervisado. Debe contemplar la continuidad de cargos críticos, la evaluación objetiva de posibles sucesores, el desarrollo de competencias, la participación de la junta directiva y la comunicación con los grupos de interés.
La empresa que no prepara su sucesión deja su futuro a la improvisación.
Y la improvisación, aunque produzca buenas escenas en el cine, rara vez produce buenas decisiones en las organizaciones.
La sucesión no es un evento familiar ni una reacción ante la ausencia del líder. Es una decisión de gobierno corporativo que protege la continuidad, la estabilidad y el futuro de la organización.
Una empresa puede sobrevivir a la salida de su fundador. Lo que no siempre sobrevive es la falta de planificación.
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Referencias